Una fórmula genética para analizar las relaciones incestuosas de Juego de Tronos

Santiago Campillo

Hermanos, primos, sobrinos… la endogamia parece correr a raudales por Canción de Hielo y Fuego (y Juego de Tronos). ¿Qué ocurrirá con los descendientes de los personajes más queridos del momento?
Una fórmula genética para analizar las relaciones incestuosas de Juego de Tronos

Señoras y señores, si están aquí es porque han visto el último capítulo de la séptima temporada de Juego de Tronos. Sino, ¿a qué esperan? Advertimos que lo único que encontrarán en este artículo es una incalculable sarta de spoilers, razonamientos genéticos y conclusiones incómodas. Al menos para los dos protagonistas más queridos de la serie del momento. ¿Aún siguen aquí? Bueno, ustedes lo han querido. Prepárense para una sesión de biología básica aderezada con las especias más fuertes de Poniente.

Endogamia, “cuanto más primo, más me arrimo”

Esta incómoda y basta frase lleva pululando con sorna en la cultura popular desde hace cientos de años. A pesar de que a los seres humanos se les viene a la cabeza que mantener relaciones sexuales con familiares directos está mal, lo cierto es que existen numerosísimos casos documentados de incesto. Especialmente entre nobles. No por nada, sino porque casarte con un hermano o con un primo cercano era la mejor manera de mantener el poder y las pertenencias dentro de la familia. ¿Os suena? Sí, amantes de Juego de Tronos, como bien recordaréis, la casa Targaryen es conocidísima por sus casamientos entre familiares. Aerys II, conocido como el Rey Loco, se casó con Rhaella, su hermana. A su vez, sus padres eran hermanos… y así podemos seguir una línea genética un tanto díscola e incómoda.

Pero un momento, ¿qué tiene de malo el incesto? La endogamia es la razón por la que los animales superiores degeneran. No es una cuestión cultural, o ética. Es biológica. Cuando apareció la reproducción sexual los bichos comenzamos una era de adaptación y colonización del medio sin igual. Este mecanismo biológico permite mezclar los caracteres de un individuo con los de otro, obteniendo lo mejor de ambos (aunque a veces también lo malo). La selección natural se encargará de velar porque sólo lo mejorcito de papá y mamá sobreviva. Así, tras miles de años, una especie se adapta como ninguna otra al medio en el que vive.

Por el contrario, la reproducción asexual no permite apenas cambios. Por tanto, la especie no podrá adaptarse cuando las cosas sean distintas. Por eso la reproducción sexual se considera un paso más evolucionado, mejor y más divertido que la asexual. La asexual sólo necesita de un individuo que crea clones de sí mismo, lo que es menos costoso. Algunos animales la practican, pero sólo como parte de una estrategia a largo plazo. Ahora, ¿qué pasa cuando renunciamos conscientemente a los beneficios de la sexualidad? Ocurren cosas como Aerys, si nos fijamos en Poniente. O mejor aún, un caso real, Carlos II, llamado el Hechizado. Al final es la propia la naturaleza la que dice “¡basta!”.

La razón la tiene la genética

Pero, ¿por qué? Como explicábamos, el sistema genético unido a la selección de caracteres está preparado para “filtrar”, de muchísimas maneras, aquello que es malo para la especie (y para sus individuos). Desde herramientas de corte genético, que reparan errores, al entremezclado de los caracteres, la variabilidad genética es, por definición, buena. Cuantos más individuos distintos, cuantas más cosas distintas en la genética de una especie, mejor. Por ejemplo, todos tenemos dos copias de nuestra cadena genética. Esto es bueno porque cada una de ellas puede contener alelos distintos que permiten que contemos con la mejor expresión genética de la que podamos disponer. Gracias a los alelos nosotros tenemos los ojos de un color u otro, relacionado pero independientemente de nuestros padres. También ocurre con el color de la piel, la calvicie o la diabetes, entre otros millones de cosas.

Cuando se reproducen dos personas muy cercanas, la variabilidad genética desciende y estos alelos se “parecen” cada vez más, en su conjunto. Las partes “malas” que arrastra la familia tienen más posibilidades de permanecer, porque los genes no se mezclan con otros nuevos que sustituyan estos caracteres perniciosos. Si esto ocurre durante muchas generaciones al final tendremos una cosa que se llama depresión endogámica. Esta es la manera que “tiene la biología” de acabar con una línea que no tiene posibilidad de sobrevivir al futuro (o hacerlo con muchos problemas de salud). Por supuesto, esto no siempre ocurre y existen poblaciones que viven lo que se llama un “cuello de botella” genético, como ocurrió en su momento con los guepardos o ahora con el lince ibérico. Pero lo normal es que las mutaciones perniciosas acumuladas por la endogamia terminen por acabar con una línea de descendencia. O con una familia. ¿Qué ocurre con los Targaryen?

El príncipe tonto

Si Carlos II tenía un índice de endogamia del 25,4%, Daenerys va ya por el 31%

Atención que aquí es donde comienza la temporada alta de spoilers. Supongamos que Dany, finalmente, puede tener hijos. Cosas más raras se han visto en Poniente. Supongamos que ganan la guerra, nadie muere (de nuevo), comen faisán a la miel y viven felices para siempre. Un día Dany se queda embarazada de su amado Jon, con el cual termina casada, como no puede ser menos. ¿Qué clase de abominación de la naturaleza podría salir de ahí? Aunque parezca mentira, se puede calcular matemáticamente el índice de endogamia. Este es una manera de indicar hasta qué punto una línea genética ha acumulado mutaciones que podrían poner su supervivencia en entredicho. Las fórmulas de endogamia se utilizan para el cultivo hortofrutícola, para producir animales de laboratorio o para investigar cómo funciona la reproducción animal. Pero no entremos en mucho detalle. Volvamos, sin embargo, a la realidad con Carlos II el Hechizado. Este monarca, el último Habsburgo del Imperio español, era… peculiar. Ni el mejor “photoshop” de la época, al cual se le podía amenazar con las mazmorras, era capaz de pintar un cuadro en el que saliera guapo.

Los sucesivos matrimonios familiares permitieron que un síndrome de Klinefelter se propagase por la línea genética hasta dejar a este monarca hecho un cristo. Débil de mente y de cuerpo, además de estéril (gracias a Darwin), Carlos el Hechizado es uno de tantos ejemplos de lo que la endogamia puede hacer. Según los cálculos, que se realizan conociendo la cantidad de matrimonios entre familiares, Carlos debería poseer un índice de incesto del 25.4%. Este monarca, repetimos, es uno de los más conocidos por haber acabado con una dinastía (aunque la culpa no era suya, claro). Ahora regresemos a Poniente, a la alcoba de la Madre de Dragones. Ya sólo el hecho de saber que Dany es la tía carnal de Jon debería inquietarnos. Pero si eso nos produce asco, recordemos que su familia viene probando el incesto desde mucho tiempo atrás.

Los cálculos para los Targaryen, y para el bebé de Jon y Daenerys en concreto, llevan el índice de endogamia al ¡37,5%! La propia Daenerys tiene un coeficiente de endogamia calculado de manera simplificada, del 31%. Vamos, que el hijo de los monarcas más queridos de la saga sería casi un 40% homocigótico, es decir, con muy poca variación genética. Eso, en un mundo normal, se traduciría en algo bastante peor que Carlos II a no ser que la suerte jugase muy, muy a su favor. Normalmente con un grado tan alto de índice de endogamia el feto no suele ser ni tan siquiera viable. Y si lo fuera, olvidemos que Dany y Jon tuvieran nietos. Pero bueno, ante los dragones, la magia, R’llhor, el Rey de la Noche y cien mil cosas más, ¿qué importa un poco de genética? ¡Ya lo arreglará algún sacerdote de Asshai! O algo.

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