Juego de Tronos-Re-lectura VIII

Casi sin darme cuenta paso la primera semana de este nuevo año. Y de la misma manera veo asombrado que desde hace un mes que no hago la entrada semanal dedicada a la re-lectura de Juego de Tronos, pero fear no my friend!! Acá estoy trayendolselas de nuevo.

En la entrada previa, que la pueden leer mas abajo, dejamos a Eddard acabando con Dama, la huargo de Sansa, a Bran teniendo una visión digna de haberse fumado medio bosque de los dioses con canuto y todo, del cual hice un breve estudio aquí por si quieren leerlo. Y a Catelyn recién llegada Desembarco del Rey y encontrándose con dos pesos pesados de la saga, Meñique y Varys.

Juego de Tronos-Re-lectura VII

Ahora nos vamos con Jon, Eddard y Tyrion.

*Jon III

—Y mírame cuando te hablo, chico.

Jon lo miró. El pecho del armero era como un barril de cerveza y la tripa hacía juego. Tenía la nariz ancha y plana, y siempre parecía mal afeitado. Llevaba la manga izquierda de la túnica de lana negra prendida al hombro con un broche de plata en forma de espada.

—Las palabras no convierten a tu madre en una ramera. Es lo que es, y nada de lo que diga Sapo lo puede cambiar. Y por cierto, las madres de algunos de nuestros hombres sí eran rameras.

La mía no, pensó Jon, obstinado. No sabía nada de su madre; Eddard Stark se negaba a hablar del tema. Pero soñaba con ella con frecuencia, tan a menudo que casi podía ver su rostro. En los sueños era hermosa y de noble cuna, y sus ojos rebosaban bondad.

—¿Te parece que lo has tenido difícil porque eres el hijo bastardo de un noble? —prosiguió el armero—. Pues Jeren es el retoño de un septon, y Cotter Pyke es el hijo bastardo de una criada de taberna. Ahora está al mando de Guardiaoriente del Mar.

—No me importa —replicó Jon—. No me importan ellos, ni tú, ni Thorne, ni Benjen Stark, ni nadie. Detesto este lugar… es frío.

—Sí. Frío, duro y cruel. Así es el Muro, y así son los hombres que lo patrullan. Nada que ver con los cuentos que te contaba tu niñera. Nosotros nos meamos en los cuentos, y también en la niñera. Las cosas son como son, y estarás aquí el resto de tu vida, igual que nosotros.

—Vida —repitió Jon con amargura. El armero podía hablar de la vida, porque había vivido. Sólo vistió el negro después de perder un brazo en el asedio de Bastión de Tormentas. Antes de eso había sido herrero de Stannis Baratheon, el hermano del rey. Había recorrido los Siete Reinos de punta a punta. Había disfrutado de los banquetes y de las mujeres, había combatido en cien batallas. Se decía que Donal Noye había forjado la maza del rey Robert, la que acabó con Rhaegar Targaryen en el Tridente. Había hecho todo lo que Jon jamás podría hacer y, cuando fue viejo, más cerca ya de los cuarenta que de los treinta, había recibido un hachazo, y la herida se infectó hasta tal punto que hubo que amputarle el brazo. Sólo entonces, tullido, cuando poco le quedaba ya de vida, Donal Noye llegó al Muro.

*Eddard IV

—Alguien intentó rajarle la garganta a Bran con esta hoja —contestó Catelyn mientras sacaba una daga de la capa y se la daba.

—Pero —dijo Ned sobresaltado—… ¿quién iba a… por qué…?

—Deja que te lo explique todo, mi amor —dijo ella poniéndole un dedo sobre los labios—. Así iremos más deprisa. Atiende.

De modo que Ned escuchó mientras Catelyn se lo contaba todo, desde el incendio en la torre hasta Varys, los guardias y Meñique. Cuando terminó, Eddard Stark estaba sentado junto a la mesa, boquiabierto, con la daga en la mano. El lobo de Bran le había salvado la vida, pensó con amargura. ¿Qué había dicho Jon al encontrar los cachorros en la nieve? «Estos cachorros están destinados a vuestros hijos, mi señor.» Él había matado a la loba de Sansa, y ¿por qué? ¿Era culpa aquello que sentía? ¿O miedo? Si los dioses habían enviado a aquellos lobos, ¿qué locura había cometido?

Ned, lleno de dolor, se obligó a centrarse en la daga y en su significado.

—La daga del Gnomo —repitió. Aquello carecía de lógica. Cerró la mano en torno a la suave empuñadura de huesodragón, clavó la hoja en la mesa y sintió cómo mordía la madera. Se quedó allí, erguida, burlona—. ¿Por qué querría Tyrion Lannister matar a Bran? Nuestro hijo no le ha hecho nunca ningún daño.

—¿Es que los Stark no tenéis más que nieve en la cabeza? —saltó Meñique—. El Gnomo jamás actuaría solo.

—Si la reina ha tenido algo que ver con esto, o… —Ned se levantó y paseó por la habitación—. O los dioses no lo quieran, si el propio rey… no, eso me niego a creerlo.

Pero, incluso mientras lo decía, recordó aquella gélida mañana del viaje, cuando Robert había hablado de enviar mercenarios para matar a la princesa Targaryen. Recordó al hijito de Rhaegar con el cráneo destrozado y cómo el rey había mirado hacia otro lado, igual que había desviado la mirada en la audiencia de Darry, no hacía tanto. Aún le resonaban en los oídos las súplicas de Sansa, y recordaba las súplicas lejanas de Lyanna.

*Tyrion III

Allí de pie, observando aquella oscuridad en la que no ardía hoguera alguna, a merced del viento y sintiendo el frío como una lanza en las entrañas, Tyrion Lannister pensó que casi podía creer los rumores sobre los Otros, el enemigo en la noche. Sus bromas sobre grumkins y snarks ya no le parecían tan divertidas.

—Mi tío está ahí afuera —dijo Jon Nieve en voz baja; se apoyó en la lanza y escudriñó la oscuridad—. La primera noche que me enviaron aquí, pensé: «Ahora vendrá el tío Benjen, seré el primero en verlo y haré sonar el cuerno». Pero no vino. Ni esa noche ni ninguna otra.

—Dale tiempo —dijo Tyrion.

Mucho más al norte un lobo empezó a aullar. Otro se unió a su llamada, y otro más. Fantasma inclinó la cabeza y escuchó. El muchacho le puso la mano encima.

—Si no vuelve, Fantasma y yo iremos a buscarlo —prometió Jon.

—Te creo —dijo Tyrion.

Pero lo que pensaba era: «¿Y quién irá a buscarte a ti?». Se estremeció.

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